Blancas ovejas de suave algodón vagaban por la hierba cuando yo llegué. Las veía moverse lentamente, con una pasividad exasperante, casi como cuando observas la nata fundirse con el café, pero claro, las ovejas no se deshacen.
Mi mente vagaba como una oveja más, fundiéndose con la hierba, tan verde, tan blanda, y cuando me quise dar cuenta, se la había comido una oveja. Espera, ¿qué? Eso. Se la comió la oveja. ¿En serio? Si. Si se hubiera comido tu mente no estarías pensando esto. Entonces, ¿qué se ha comido? Tu imaginación. ¿Seguro? Si. Ve. Búscala...
Y eso hice. Me levanté y, lentamente, fui a buscar la respuesta en el interior de la oveja, pero no hallé más que sangre, vísceras y restos de lugares desconocidos. Aquí no está. Pues sigue buscando, ¿o no se la comió la oveja? Si, lo hizo, la vi hacerlo. ¿Seguro? Claro. Pues busca, vamos.
Busqué entonces la respuesta en el interior de la tierra, por si acaso no había sido la oveja, pero no hallé más que tierra, raíces y seres pequeños. Ninguno de ellos la había visto allí. Parece que la tierra tampoco fue. Ya sabes, debes seguir buscando.
Y eso hice. Miré hacia arriba y vi nubes, pero al buscarla en su interior no hallé más que agua, nieve, tormentas, sueños, restos de olores y de cosas que son, que fueron, que serán o que ni siquiera saben si serán. Tampoco estaba aquí. Vaya, esto se pone difícil. Si...
Y entonces decidí preguntarle al viento que mecía la hierba y mezclaba olores y sensaciones en las nubes y en la lana de las ovejas. Le dije si la había visto y me dijo que sí. Pero no está aquí. Se ha ido de viaje. ¿A dónde? Pero no me contestó. Sentí su risa de viento, una risa fresca y efímera, y, entonces, tocó mi frente, devolviendo de un golpe a mi imaginación de su viaje.
Las ovejas seguían pastando cuando volví en mí y me di cuenta que todo era irreal. Las gruesas pinceladas del cuadro hacían que no parecieran blandas y suaves. El viento, risueño, escapó por la ventana.
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