lunes, 4 de febrero de 2013

Sin más

    Y así, sin más, la princesita recogió su pequeña corona de la esquina del suelo a la que había ido a parar tras su caída. Se levantó decidida, se alisó las arrugas de su vestido de seda verde, se sacudió el polvo del pelo y se colocó la corona sobre su cabezita rubia. Alzó la mirada al frente y clavó la vista de sus ojos grisáceos en los ojos amarillos que no dejaban de seguir sus movimientos. La princesita le sostuvo la mirada, lo suficiente como para sentirse orgullosa de sí misma y recoger los pedazitos de su recién herido orgullo, tras lo cual, haciendo un gesto nada propio de una princesa, se dio la vuelta y salió de la cueva con paso firme, demostrando una seguridad que realmente no estaba segura de poseer, y dejando allí, solo en la inmensa y oscura cueva, al dragón de alas transparentes y ojos amarillos, que siguió observándola sin saber porqué se marchaba, hasta que fue para él sólo un punto en la inmensidad de la distancia.

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